miércoles, 8 de junio de 2011

"Mamá, yo quiero ser torero...", Carta del aficionado práctico Bernardo Rodríguez Hidalgo.



Córdoba 7 de Junio de 2011

Mamá, yo quiero ser torero…

Cuántos de nosotros habremos pronunciado esta frase en nuestras vidas.

Cuantas veces habré soñado con ese vestío Nazareno y Oro con los remates negros, como los colores de Jesús Caído, con esa faena soñada, a cámara lenta, quedándote siempre muy quieto, sacando la izquierda pa’lante en la mismísima boca de riego de Las Ventas, arrastrando la mano hasta rozar los nudillos con el albero y llevártelo hasta el final, hasta la cadera contraria.

Mis primeros recuerdos de ver los toros por televisión, me traen imágenes de muy pequeño, de los hermanos Campuzano, Manzanares, Paquirri, Ruiz Miguel, jugando al toro con un trapo de la plancha, haciendo embestir a mi hermana, o construyendo mis propias corridas con mis juguetes, con mis queridos clicks.
Cada vez que podía, que me quedaba sólo en casa, toreaba de salón, con una muleta hecha de un retal rojo y un palo, con la que imitaba todo lo que veía por televisión de ver una y otra corrida; la colocación, los pies, la presentación, los remates. Era lo único que podía hacer, ya que al no conocer a gente del toro, mi misión siquiera de ver toros de cerca, que no fuera en la plaza, era harto complicada.

Por eso no me lo pensé dos veces cuando descubrí por Internet que existía este curso, y que era algo de verdad, serio y palpable.

Desde el primer momento me sentí como en mi casa, con unos magníficos compañeros que aportaba cada cual su granito de arena a mi aprendizaje y con unos profesionales en la organización y en las clases de una categoría taurina y humana fuera de lo común.

Rafael Peralta, Ignacio Moreno de Terry o Eduardo Dávila Miura, apoyados por un equipo de profesionales como la copa de un pino, son personas que se involucran con pasión en todo lo que hacen y con el máximo esfuerzo y respeto hacia cualquier alumno, que siempre están ahí para enmendar cualquier error con el máximo cariño o darte ánimo cuando haces algo bien.

Y te hacen sentirte torero.

Y sin saber cómo ni por qué, empiezas a torear más lento y con más sentimiento que en todos los días de tu vida. Y lo haces en una plaza de verdad, evadiéndote de todo y de todos.

Nunca me había puesto delante de una vaca.

Un cúmulo de sensaciones contrapuestas recorría mi cuerpo. La emoción, el miedo, el sentirte observado, pisar el albero…era increíble. Lo único que tenía claro era que tenía que hacer “lo mismo que en casa”; erguir la figura con algo de descaro y dejar los pies atornillados al suelo.
Uno por alto…uf, pasó.
Otro por alto…¡ha pasado otra vez!
Vamos a echarle la muleta al suelo con la derecha…biennn
Vamos a por otro…¡se coló, maldición! Desarmado y varetazo pa’casa.

Eduardo me dice que “no le haga la noria”, “que me cubra”, y no se qué cuántas cosas más, no le estoy escuchando, sólo me la quiero comer, esta vez te la voy a liar, lo juro.
Me echo la mano a la izquierda, la buena, y se la meto en el hocico, se viene, y alargo el viaje todo lo que puedo dándole salida con la muñeca a la misma vez que giro sobre mis pies y me quedo colocado otra vez. Otro con la izquierda también largo. No puedo ver el trazo del trapo, si está quedando bien o estoy dando un infame banderazo de turista, pero no tiempo, le ligo otro muy largo y escucho a Eduardo desde el burladero “Bieeeeeeeeeeenn”. Un chispazo de emoción me recorre de arriba a abajo y me relajo entero, me abandono, y no miro nada. No miro la muleta ni a mi bravo oponente ¡qué motor! Contemplo mi sombra y me veo dando otro más corto pero sosegado, y al quedarse tan cerca de mí al final del viaje, ahí lo vi claro, ¡toma trincherazo que te he pegao!

¡Me vitoreaban con olés! ¡Y me estaban aplaudiendo!

Era increíble. Acaba de hacer lo que llevaba soñando toda la vida. Llevo dos noches inquieto, me cuesta un horror dormir, recordando esa serie con la izquierda y esa enorme satisfacción que sentí cuando todos mis compañeros me daban la enhorabuena, y Rafael me proclamaba “el sexto Califa”. ¡Qué orgullo!

Si Dios quiere, no faltaré al próximo curso, por que esto no se acaba. Hay que seguir aprendiendo siempre, en lo taurino y en la vida. Esto es un veneno que se lleva dentro en el que no hay trampa ni cartón.
Por eso, si alguien duda al hacer este curso, si lee mis líneas, le diré que no lo dude ni un segundo más. Por que realmente, VAS A SENTIR LA MAGIA DEL TOREO.


Un fuerte abrazo.

Bernardo Rodríguez Hidalgo.

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