miércoles, 10 de julio de 2013

Cartas y Escritos de nuestros Aficionados. "La humildad", por Fernando González-Ripoll participante de las Islas Canarias.




Fernando toreando en el Curso de Valdemorillo.





LA HUMILDAD

“< ..a mí no me tratéis ni de maestro ni de usted, yo soy Eduardo y quiero que me preguntéis todo lo que se os ocurra..>”

La frase es del maestro Eduardo Dávila, pero podría ser de Nacho, o de Rafael Peralta, o de José Manuel Collado.

Es lo primero que te enseñan en el Club de Aficionados Prácticos. Te dicen: “Sabemos de esto, pero hoy vamos a aprender algo más”.
Y nosotros, que no sabemos nada, ya hemos aprendido algo de ellos. Desde la humildad te están enseñando a ser humilde.

La humildad de David Mora, sudando su camisa para mostrarnos cómo se torea de salón.
La humildad de Rafael Perea “El Boni”, escenificando en la propia plaza las posiciones de los actores en las diferentes suertes y asegurándose que todos le estábamos entendiendo.
La humildad de Victorino Martín, que fue capaz de estar tres horas con nosotros en una tarde calurosísima de julio.
La humildad de Eduardo, reconociendo (y alegrándose, qué grande eres maestro) que había aprendido una cosa nueva con Boni: la simulación de la visión de un toro.
La humildad de José Manuel Collado (nuestro Angel de la Guarda el domingo), que es catedrático de latín y se esfuerza como un minero.
La humildad de Nacho, desgañitándose dándonos ánimos y corrigiendo nuestra muleta.
La humildad de Rafael Peralta, poniendo siempre el tono corporativo, como si nunca hubiera roto un plato…(“no se ha salvao ni uno, maestro”)

Y la humildad de los participantes, de todos. Que no quiero decir un solo nombre por no ser injusto con quien deje de nombrar.
A las cinco de la tarde del viernes nos mirábamos todos de reojo en la entrada de la plaza; a las cinco de la tarde del domingo nos abrazábamos todos a la salida del tentadero.
De reojos a abrazos en cuarenta y ocho horas. Sí, tan rápido.
Porque la sensación de cargar una muleta, mostrarla, tirar de ella, y que detrás, lentamente, se deslice un animal por donde queremos llevarlo, es una sensación que aflora de la misma entraña; y nos hace estar a flor de piel.

Y entonces nos acordamos de quien nos metió en esto, de nuestra infancia pegados a la tele mientras un padre cordobés explicaba todo lo que sucedía antes incluso de suceder.
Y lloras.
Lloras de felicidad, y lloras de emoción, pero sobre todo lloras de agradecimiento a quien te metió en esto (un padre humilde que murió hace veinte años), y a quien lo ha hecho posible: el club de aficionados prácticos.

Un fuerte abrazo,

Fdo. Cualquiera de los cuarenta y tres aficionados prácticos que estuvo en Valdemorillo.

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