martes, 12 de junio de 2012

El periodista Chapu Apaolaza descubre los entresijos de nuestro Curso participando como Aficionado Práctico. "El ingeniero torero" , reportaje especial para para el suplemento V del Grupo Vocento.






































Nadie diría de él que no es un torero, porque tiene hechuras de torero, andares de torero y hasta un coche de torero (uno de esos Mercedes azules con los que daba la vuelta a España ElCordobés). Pero Juan Antonio García es frutero en el mercado de abastos de Algeciras de cuatro de la mañana a cuatro de la tarde.«Esa es mi vida real, o es esta, no sé... Sí, creo que la real es esta». Se refiere al barullo loco que se le arma por los adentros cuando le anda por la cara a una becerra en la plaza de tientas de Manolo Vázquez en Lora del Río, con el sol tamizado por las encinas, y una escandalera de gorriones como fondo de su pequeña y gran gesta. Juan Antonio le da tres por el derecho con los pies atornillados al suelo, luego el de pecho, los naturales y ¡Ay! La voltereta. «A veces sé que me va a coger, pero yo entiendo que tengo que ponerle la muleta por ahí. Y me coge, pero siento que tenía que hacerlo...», explica más tarde. El animal lo revuelca por el albero. Se levanta sin muleta.Solo quedan el estoque simulado en la mano derecha y el pundonor y la rabia torera que lo levantan sobre las puntas de los pies en un dignísimo desplante. Suena una ovación que le ofrecen desde la tapia sus espectadores y compañeros de festejo, un ramillete extraño de almas en el que vibran un financiero italiano, un alemán como un armario de dos cuerpos, un taxista de Sevilla, un adolescente, un enfermero, una ingeniera, un jubilado... Sus 35 biografías se parecen lo que una bicicleta a un autobús, pero a todos les late por igual el toro en el fondo del pecho cuando echan a caminar despacito por las fronteras del pulso. Es el momento cumbre del curso de aficionados prácticos, un ciclo que se celebró el pasado fin de semana en Espartinas (Sevilla) y que da la oportunidad de aprender a torear en tres días a gentes que no ha cogido una muleta en su vida. ¿Imposible? Los milagros existen.
El matador Nacho Moreno de Terry extiende el capote sobre los pies en la plaza de toros de la localidad bajo un cielo azul cósmico. Primera lección: se coge así. No es evidente. No se toma como un mantel, ni como una toalla. Recogido en las manos a dos cuartas de la esclavina, con los bordes vueltos como Ordóñez, cortito como Curro... Hasta ponérselo en las manos tiene su ciencia. «Esto es un sencillo trozo de tela del que hay que controlar cada centímetro. Ahora juntad los pies y tirad los vuelos hacia adelante». A los quince minutos de práctica, al alumno le duelen las muñecas. Al día siguiente, se pregunta si durante la noche le han implantado los brazos de una anciana. Ni franela, ni lona: los trastos son de plomo. «Al principio, todo esto parece imposible pero tiene su técnica», admite Rocío Iriarte, ingeniera sevillana de 28 años para la que los toros habían sido algo que no había comprendido ni le había interesado, y que sucedía en la televisión de su padre, médico y también alumno del curso de Espartinas.
Cuando le mentan la hora de salir al ruedo, sonríe nerviosa. La ilusión de Rocío es nueva como las amapolas que jalonan la subida a la plaza de tientas de la ganadería. A Juan Antonio el frutero le hierve un reto viejo. Cuando era un crío, se apuntó a la escuela taurina, pero no le hicieron caso.Con 20 años, se enteró de que un ganadero vendía la bravura de sus vacas y después de ayudar a su padre en la frutería recogía las cajas de madera que tiraban los demás puestos para entregarlas a un proveedor. Así apañó 30.000 pesetas y se fue derecho a comprar a su becerra. La lidió a puerta cerrada, en una soledad abismal, como los hombres tienen que enfrentarse a sus miedos. «Quería saber que era capaz de hacerlo». Y lo hizo. Después de 20 años sin torear, ha pagado 195 euros por tres días de clases. Ya lleva tres cursos encadenados.
Desde Dusseldorf
Von Bergman ha llegado a Espartinas en un avión desde Dusseldorf. Tiene el pelo rubio, los ojos azules y los brazos como dos encinas, pero le gusta que le digan Felipe, no Philipp. «Esto es muy complejo», admite mientras cuela el estoque en el hoyo de las agujas y revienta un carretón con pitones y una bala de paja que hace de toro. Nunca se había puesto delante.De hecho, la mayor parte de las horas del día las pasa mandando y trayendo desde China cargueros hasta arriba de carbón.El resto de su tiempo es del toro, un bicho que le picó de crío, cuando pasaba las vacaciones en la Costa del Sol.Cuando trabajaba en Barcelona en los 90, se recorría el país siguiendo a El Juli de novillero y el 25 de junio estará en Badajoz asistiendo al arranque de temporada de José Tomás.
No es la primera vez para Paolo Mosele, financiero milanés de 37 años.Hace 11 años, una amiga lo llevó a una corrida en Peñaranda de Bracamonte, en Salamanca a la que él no quería asistir. «Se cayeron todos los tópicos y los prejuicios que tenía sobre la corrida de toros», recuerda. Ahora ve 30 festejos al año y es presidente del Club Taurino de Milán. «El toro me ha enseñado a que en el trabajo tengo una cuadrilla detrás, pero que tengo que dar la cara por mis decisiones». Si hay gentes que en sus ratos libres se dedican a dispararse bolas de pintura o a golpear una pelota minúscula con un palo... ¿por qué no podrían hacer del toreo un hobby? Esa misma pregunta se hicieron hace un tiempo el escritor y poeta Rafael Peralta Revuelta y el matador de toros Nacho Moreno de Terry, que completaron con el matador Eduardo Dávila Miura el tridente que organiza los cursos de aficionado práctico, un vocablo demasiado técnico que define al que le gustar ir a los toros y también ponerse delante. Desde hace décadas, personas de la calle han disfrutado pasándose becerros y toros por la barriga, pero esa práctica ha sido hasta ahora una suerte de compromiso íntimo y minoritario. Ya no. El Club de Aficionados Prácticos ha organizado nueve ciclos por diversos rincones de España a los que ya han asistido medio millar de alumnos. Cada vez son más y vienen de más lejos (han llegado a participar un médico libanés y hasta un acaudalado mexicano que vino en su propio jet privado). Si la fiesta de los toros está en crisis, ellos no lo notan. «La gente está loca por coger un capote», explica Dávila Miura.
Banderillas y espada
Felipe el alemán sostiene el engaño con una facilidad pasmosa. Hace de toro Jesús Collado, banderillero y profesor de tauromaquia en Sevilla, que advierte con dos enormes pitones en las manos que para aprender a torear, antes hay que aprender a embestir, así despacito como él lo hace, con las manos bajas y la espalda horizontal. La labor destroza los riñones del toro humano, pero ayuda a comprender las reacciones del animal. Al rato, Collado toma los mandos de un inmenso carro con dos pitones y una goma en la que clavar las banderillas. «Vamos que hoy tengo ganas de empitonar a alguno», bromea. Hay que cuadrarse, levantar las manos, echar a andar, ahora a correr, más rápido, buscar la cara del toro, levantar los brazos, reunir los palos, clavar, dar media vuelta y buscar las tablas, todo esto sin saltar, sin sacarle un ojo a Collado y sin parecer una bailarina con demasiada manzanilla en las venas. Pero se consigue. «Parece increíble que puedas llegar a hacer algo tan complicado como poner las banderillas en tan poco tiempo», se extraña Irene Alférez, salmantina de 39 años, ejecutiva de marketing de un laboratorio farmacéutico.
Consigue clavar los pares con asombrosa facilidad, pero a Irene le queda aprender a mecer los brazos en el toreo a la verónica, subirse en ‘Caraliebre’, un caballo de picar como un tanque ruso, dar un pase de pecho, torear en redondo con la muleta, por bajo y aprender a matar y todo bajo una tormenta solar que abrasa. «Tranquilos, torear es difícil solo los primeros 40 o 50 años», bromea Dávila Miura. Para comprender la dificultad de la tarea, puede imaginarse a un tipo que no tiene carné de conducir aprendiendo a pilotar un caza. Después de tres días, no hace tirabuzones, pero puede tomar los mandos durante unos minutos y vivirá lo más importante: la sensación de volar. Esto sucede gracias a cuatro profesores: los matadores retirados Eduardo Dávila Miura (director del curso) y Nacho Moreno de Terry, y los banderilleros y profesores de tauromaquia Manuel y Jesús Collado, las almas del curso en la sombra.
Lo difícil de torear es que hay que hacerlo delante de un toro o, al menos, de una vaca. Cuando se abandona la seguridad del burladero y se atraviesa el desierto del ruedo, no se sabe ni andar. Después hay que quedarse quieto cuando el cerebro manda correr y caminar adelante cuando el cuerpo pide recular. «Siempre hay que ir adelante. Cuesta, porque va en contra de nuestra naturaleza.Por eso hay que torear de salón», explica Dávila Miura. Con todo, se ha encontrado a gentes «con un valor innato extraordinario, al margen de lo que hagan en la vida. Hay algunos a los que les tenemos que gritar ‘¡Quítate!’, porque les va a coger la vaca y ellos ni se inmutan».
–¿Por la calle hay gente que tenga el valor de un torero?
–Sí, claro. Hay un valor innato y otro trabajado y muchos tienen mucho del primero.
Rocío no es capaz de entrar a matar con los ojos abiertos. «Me da miedo hasta esto. No me voy a poner delante», advierte, pero la voluntad es imprevisible.
–Rocío, tu turno. Sales, –ordena Moreno de Terry en el tentadero.
–No, ya salgo luego...
–No, sales ya.
Y sale. Anda, le pone la muleta a la becerra y le aguanta tres embestidas. De vuelta al burladero, sonríe torerísima. Ya en el refugio, le sigue latiendo el corazón como una locomotora, pero ha cambiado algo dentro de ella: «Ahora quiero volver a salir». 

 Francisco Apaolaza es periodista, redactor y Premio Manuel Alcántara de Periodismo.

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